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En medio de sus tropezones, sus disputas, la esperanza y desesperanza ciudadana, nuestra democracia avanza y se fortalece dueña de su propio ritmo, de sus propios tiempos y necesidades. La natural inercia democrática abre sus propias posibilidades, rompe reglas –que no leyes– que parecían inmutables y se abren nuevos espacios en beneficio de los ciudadanos que poco a poco irán pasando de la observación a la acción y finalmente a la elección.
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